Que si alguna vez me olvidé de cómo amarme no fue porque no lo sintiera. Sólo perdí el camino mientras trazaba algunos otros. Ya sabes: te paras a plantar y adorar las flores de tu vida y de repente se te olvida que no necesitas a nadie más para crear una primavera. Supongo que me obligué a reencontrar las migas que alguna Gretel dejara para no perder de vista el camino a casa.
Al final del cuento resulta que me volví a encontrar, así que me abracé fuerte y me quise. Me quise hasta recordar todos aquellos sueños y pasiones que me componen. Los recogí todos con amor y los guardé dentro de mí. ¡Y por Dios que no se pierdan!
Entonces regresé al camino donde plantaba las nuevas flores, pero esta vez cargada con mi primavera. Todo brillaba más. Todo gozaba de esa luz incandescente que impregna todo aquello que trazas con amor. Y seguí amándome y cuidándome. Me descubrí amándole a él y amando al mundo de una forma más auténtica, más pura. Más sana.
Y así fue como la primavera continuó con su naturaleza y se convirtió sin pudor en Otoño. Así fue como la primavera dejó de temer el perderse en un cambio y aceptó las transiciones.
Y aprendió a ser Verano, Otoño, e incluso Invierno. Conservando siempre su esencia. Conservando siempre sus flores.
V.
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