Había un recóndito lugar. Uno de esos en los que no sabes
muy bien cómo has llegado, y aunque intentes recordar cuál pudo ser el camino,
parece que hubieras aparecido allí llevado por un sueño.
Recuerdo que lo primero que vi al llegar fue una cuesta que
se abría paso entre las modestas casas y los frondosos árboles, terminando en
un estallido de colores en el cielo y en un sol que perdía fuerza conforme se
acercaba al horizonte. Parecía casi un desafío de la naturaleza tal ingeniería
del espacio, pero lo cierto es que ahí me encontraba yo. Sin saber cómo había
llegado y fascinada por el encanto de aquel lugar que con tanta luz disimulaba
la profunda oscuridad que albergaba alguno de sus muros.
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